Esta semana era una semana especialmente importante porque íbamos a conocer la última actualización del PIB de Estados Unidos, y es que la revisión ha sido a la baja, con unas cifras que ascienden al -1,6% para el primer trimestre, dos décimas por debajo de lo que en un principio se esperaba. Este dato rompe la racha de crecimiento que se había estado manteniendo a lo largo de 2021.

Este descenso se achaca a la variante Ómicron, así como el descenso de pagos por parte del Gobierno en sus paquetes de ayuda de la pandemia, además del aumento de la inflación. Estos resultados aumentan más el temor a que tenga lugar una posible recesión económica debido al endurecimiento en la política monetaria por parte de la Fed, cuyo objetivo es poder controlar y reducir la inflación, aunque todo tiene un coste.

Recordemos que la inflación en mayo se situó en el 8,6% en su tasa interanual, cifras que no se alcanzaban desde 1981, lo que le llevó en su última reunión a subir los tipos en 75 puntos básicos, el mayor incremento desde noviembre de 1994. Powell no descarta más sorpresas en los próximos meses y, aunque asegura que la economía estadounidense es fuerte, no descarta la posibilidad de que tenga lugar una recesión.

La Fed está dispuesta, no obstante, a seguir subiendo los tipos a un ritmo que dependerá de la evolución de los datos de la economía. Muchos miembros de la Fed ya defienden que la próxima subida, programada para este mes de julio, pudiera ser nuevamente de 75 puntos básicos.

Aunque Estados Unidos podría tratar de evitar la recesión este año, y es que se empieza a hablar de que esta recesión podría no ser inminente. Sin embargo, los bajos niveles de deuda y la proporción relativamente baja de gasto en sectores más delicados a los tipos de interés podría ayudar a que cualquier recesión, si se produjera en los próximos años, fuera leve. Por lo que respecta a la inflación, ya se asegura que esta tardará mucho tiempo, como mínimos de tres a cinco años, en volver a caer al 2%.